En Indianapolis hay un tipo que sabe hacer las cosas bien. Un hombre brillante pero centrado, genial pero tranquilo, magistral y a la vez tremendamente ortodoxo. Alguien que domina lo práctico y lo mágico con una solvencia pocas veces antes vista. Peyton Manning. Nada que no sepamos. El que cambia las jugadas y luego las ejecuta a la perfección. El que menos falla. El que destroza defensas con lanzamientos certeros arropados por una lectura matemática del oponente en cuestión de segundos. Y contra Peyton, los chicos malos. Recordamos a Rodney Harrison y su tropa de patriotas sacando de quicio a los Colts en la nieve de Foxboro y poniendo en bandeja el partido al también genial Brady. Recordamos a los Steelers de Cowher derrotándolos en su propia casa. Pero esos tiempos pasaron. Manning tuvo su anillo y siguió en la élite, ya sin la necesidad de probar las mieles del éxito en la Superbowl, sin el miedo a ser otro caso Marino. Ahora los Patriots se han quedado a medio camino, descafeinados, y los Steelers, otro exponente de la fría dureza, se han tomado un año de vacaciones. Los chicos malos descansan, más desde que los de Indianapolis pusieron en su sitio a Ray Lewis y compañía, hace escasamente una semana.
Paradojas de la vida: Los Colts, con su decisión de alinear a suplentes en su duelo de temporada regular contra los Jets, regalaron prácticamente la clasificación a los de Nueva York. El domingo, Indianapolis se jugará la temporada contra el monstruo que él mismo creó.
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