miércoles, enero 27, 2010

Darle sentido a la Pro Bowl

El próximo domingo se inicia una nueva etapa en la historia del partido de las estrellas de la NFL. Por primera vez, el duelo anual en los mejores jugadores de la Conferencia Americana y la Conferencia Nacional se jugará una semana antes de la Superbowl. Además, el partido se trasladará desde Honolulu (ciudad que lleva albergándolo desde 1980) hasta Miami, sede de la Superbowl el domingo siguiente a la Pro Bowl.
Desde hace unos años la NFL buscaba una formula que le diera una razón de ser un partido que con el tiempo se había ido devaluando. No nos engañemos, el fútbol americano no es un deporte dado a exhibiciones de habilidad de estrellas al nivel de lo que pueden ofrecer las otras tres grandes ligas norteamericanas. En la NBA y en la NHL, por ejemplo, la ciudad que acoge el All Star disfruta de un fin de semana lleno de alicientes: concursos de habilidades, actuaciones musicales y, como no, un partido en el que las figuras de la liga se dedican a impresionar al personal con mates, piruetas varias y movimientos imposibles con el stick. En el caso de la MLB, la liga profesional de béisbol, desde hace siete años la conferencia ganadora del partido de las estrellas logra la ventaja de campo para su representante en las Series Mundiales.
¿A qué se puede agarrar el deporte del balón oval? Sabemos que la NFL no es la NBA, y que un partido de fútbol americano jugado a medio gas, no tiene los alicientes que se pueden encontrar en el baloncesto. Tampoco parece muy probable que la NFL organice concursos de habilidades para sus estrellas. Aunque podría ser una fórmula muy interesante, habría que trabajarla muy a conciencia, puesto que se trata de una idea que partiría absolutamente de cero. Y en lo relativo a la decisión (acertadísima) que tomó la MLB, no hace falta decir que sería absurda en una liga que se decide a un partido en campo neutral.


Peyton Manning y Jake Delhomme se preparan para una barbacoa-partido

Es sin duda un camino difícil el que tiene que recorrer la Pro Bowl, aunque lo que ha sucedido este año es un primer paso para convertirlo en un espectáculo más atractivo. Encuadrar dicho partido, de alguna manera, en el conjunto de los actos que rodean a la Superbowl, puede ser un acierto que devuelva a gran parte del público el interés. Incluso el hecho que se celebre en la misma sede de la Superbowl puede ayudar (pese a esto, hay que decir que el año que viene el duelo NFC-AFC se jugará de nuevo en Hawaii. Un contrato es un contrato).
Hay que partir de la base de que es imposible evitar que muchos jugadores se borren una semana antes del partido por lesiones de dudosa existencia o que los que participen no jueguen al 100%. Pero darle un giro a una propuesta cansada después de 30 años de monotonía absoluta no puede ser, de ninguna de las maneras, negativo.

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